Promociones

Historia y nacionalismos en España hoy
Juan Aranzadi

El tema que se me propuso abordar en este simposio[1] tenía por título Memoria e identidades nacionales en España hoy . Aunque inicialmente acepté ese título, voy a hablar sin embargo de un asunto ligeramente distinto: Historia y nacionalismos en España hoy . ¿Cuál es, en mi opinión, la diferencia entre Historia , Memoria y Memoria Histórica , y por qué prefiero hablar de nacionalismos que de identidades nacionales ?.

El significado del término Historia no carece ciertamente de ambigüedades, empezando por la que deriva de designar a la vez “los acontecimientos ocurridos en el pasado” y “el relato escrito de esos acontecimientos”. Sin embargo, hay un acuerdo mayoritario en que la Historia , la disciplina académica que practican los historiadores, implica como mínimo una narración con sentido acerca de acontecimientos del pasado documentalmente verificados, una narración que intenta explicarlos , comprenderlos , interpretarlos , o cuando menos encontrarles o atribuirles un sentido o significación relevante para los lectores o destinatarios de dicha narración.

Aunque con frecuencia oculto y sobrentendido, el principal efecto retórico de toda narración histórica es que aquel personaje del relato, personaje individual o colectivo, que el cronista o historiador elija como protagonista de su historia —sea éste un dios, un rey, un linaje, un Estado, un pueblo, una nación, España o Alemania por ejemplo— se transmutará a ojos del lector en sujeto de la historia fáctica efectiva, en un “alguien” con esencia definida y existencia incuestionable a quien le ocurren, como agente y como paciente, los acontecimientos del pasado que se narran.

La primaria y principal acepción del término Memoria , sin embargo, remite a una facultad psicológica de los individuos , a una facultad que poseen todos los seres humanos, analfabetos o letrados, y no sólo aquellos que se especializan en indagar profesionalmente en el pasado, en encontrarle un sentido y en escribir la Historia . Hablando con propiedad, el sujeto de esa facultad o capacidad es siempre un individuo y sólo el uso y abuso retórico de la analogía orgánica a que nos tienen acostumbrados desde Platón las ciencias políticas y sociales dotan de una apariencia de sentido a expresiones de inequívoca raigambre durkheimiana como Representaciones Colectivas o Memoria Colectiva , expresiones que solicitan para adquirir significado la presuposición de la existencia de Sujetos Colectivos del tipo, precisamente, de los que promocionan los historiadores que escriben la Historia , es decir, pueblos, naciones, civilizaciones y culturas como, por ejemplo, España y Alemania.

Es cierto que, para escribir sus Historias , algunos historiadores de un pasado reciente del que aún quedan protagonistas y testigos vivos tienen sin duda en cuenta, además de documentos escritos, las elaboraciones discursivas a posteriori — en forma de relatos orales o escritos— de los recuerdos y rememoraciones de algunos de esos testigos, pero propiamente hablando no puede decirse que el conocimiento y el relato histórico del pasado producido y expuesto por los historiadores constituyan el recuerdo o la memoria de nadie o puedan ser legítimamente denominados Memoria Histórica de nadie.

La Historia no es en modo alguno Memoria pero contribuye sin embargo a constituir —mediante la conversión en canónicos de algunos de sus relatos y episodios, mediante su conversión en mitos políticos y su periódica conmemoración ritual y evocación monumental— el Patrimonio Simbólico de los Estados Nacionales, patrimonio político del que forma parte lo que actualmente suele denominarse Memoria Histórica , aunque quizá fuera más exacto denominarlo Historia Mnemotécnica , pues constituye una Técnica política de manipulación de la Historia convertida en Mito con objeto de suscitar y dirigir ritualmente la evocación mnemónica y la imaginación de los ciudadanos, estimulándoles a la construcción simbólica de esas comunidades imaginadas que son las Naciones.

Así entendida, la Memoria Histórica o Historia Mnemotécnica constituye un ingrediente fundamental de toda Ideología Nacionalista y su sacralización e implementación ritual por los distintos aparatos culturales, mediáticos y educativos del Estado o por otras instituciones sociales, como Partidos políticos o movimientos nacionalistas, tiene como función primordial suscitar y reforzar la identificación imaginativa y emocional de los individuos con esa ideología generadora de la identidad nacional .

Veamos un ejemplo, especialmente relevante para Alemania, de la importancia de estas distinciones. A quien haya leído las Memorias de cualquier superviviente de los campos nazis de exterminio le resultará evidente la infinita distancia y la absoluta heterogeneidad que existe entre la compleja, trágica y difícil re-memoración individual del Holocausto por parte de sus víctimas y la ideologizada con-memoración ritual por parte de los Estados europeos de ese episodio histórico convertido en mito fundacional de su Memoria Histórica . Lo que diferencia la memoria individual de la memoria histórica del Holocausto es que ésta última es hija de la Historia , es decir de la narración e interpretación por parte de los historiadores de unos hechos inevitablemente vistos y categorizados desde una u otra ideología y puestos al servicio de una u otra política.

Y los dilemas ideológicos de cualquier Memoria Histórica o conmemoración ritual del Holocausto comienzan pronto. Comienzan, por ejemplo, con la categorización misma de sus víctimas: ¿seis millones de judíos o seis millones de europeos de origen judío?, ¿seis millones de judíos o seis millones de alemanes, polacos, franceses, italianos, rusos, etc. de origen judío, muchos de los cuales eran cristianos, ateos o agnósticos y entre los cuales sólo algunos profesaban el judaísmo o se adherían ideológicamente al sionismo? Para un nazi, para un antisemita, para un sionista y para un judío de observancia rabínica, la respuesta es clara (“seis millones de judíos”) pues todos ellos coinciden en considerar que se nace judío, que la condición de judío se transmite biológicamente por vía matrilineal y que no se puede dejar de ser judío aunque se abandone el judaísmo por otra religión o por ninguna. Pero quien no sea nazi ni antisemita ni sionista ni profese el judaísmo no podrá encontrar ninguna razón confesable para considerar judíos a los millones de compatriotas europeos —alemanes, polacos, franceses, rusos, italianos, etc.— a quienes los nazis asesinaron por su total o parcial, próxima o lejana, ascendencia judía.

El hecho de que así sea y, sin embargo, todos los Estados europeos que conmemoran el Día del Holocausto no vean problema alguno en categorizar a todas sus víctimas como judíos y no como europeos compatriotas no deja de teñir esas conmemoraciones con una inquietante significación ideológica etnista, al tiempo que obliga a poner en duda que su función política tenga algo que ver con el recuerdo de las víctimas, con su memoria. Quien haya leído El séptimo millón , del periodista e historiador israelí Tom Seguev, no dejará de percibir una cruel ironía en el hecho añadido de que en todas esas actualizaciones de la Memoria Histórica del Holocausto nazi se acepte unánimemente al Estado de Israel como legítimo representante de las víctimas del horror nazi.

La Historia no es nunca Memoria . La Historia es siempre Ideología y lo es especialmente cuando se disfraza de Ciencia, de registro y relato “objetivo” del pasado. Y las Historias Nacionales o Historias de Naciones, las Historias de España, de Alemania o de Israel, son siempre el núcleo y fundamento de las Ideologías Nacionalistas que guían los usos políticos de la Memoria Histórica que sobre aquellas se construye: los monumentos y conmemoraciones construidos y promovidos por los Estados nacionales o los Partidos y movimientos nacionalistas no son nunca recuerdo o memoria fiel del pasado sino estímulo ideológicamente dirigido de la imaginación de los individuos, incitación a superponer sobre la memoria individual una interpretación políticamente orientada del recuerdo, la actitud o la opinión personal.

Con resultados ciertamente ambiguos y paradójicos en ocasiones. En España se discute hoy, por ejemplo, qué hacer o dejar de hacer con ese monumento de la Memoria Histórica del franquismo que fue el Valle de los Caídos, y hasta en un caso de significación tan inequívoca como éste hay quien defiende, sin aparente cinismo, su interpretación como monumento a los caídos en los dos bandos de la guerra civil española, algo que produciría sin duda una cierta perplejidad a los republicanos y rojos vencidos y presos que se vieron forzados a construirlo.

Hay sin embargo en Madrid un monumento que, aunque construido con la intención deliberada de servir como símbolo de la “reconciliación nacional” de los dos bandos de la guerra civil, no por ello deja de transmitir un significado ambiguo cuyas incongruencias internas son probablemente el motivo de que haya caído en el más completo olvido. El 22 de noviembre de 1985 el Rey de España inauguró en la madrileña Plaza de la Lealtad un monumento a todos los caídos en la Guerra Civil sin distinción de bando, situado —para producir un fácil deslizamiento metonímico en su interpretación patriótica— junto a un monolito dedicado a las víctimas de los invasores franceses el 2 de Mayo de 1808. Sin embargo, cuando uno lee la placa conmemorativa que dice “Honor a todos los que dieron su vida por España”, sabiendo que se refiere a personas que en modo alguno dieron su vida por salvar a España de tropas extranjeras invasoras —como supuestamente hicieron los fusilados el 2 de Mayo por las tropas napoleónicas— sino que se mataron los unos a los otros en lucha —entre otros varios motivos— por dos ideas de España, por dos Españas que muy poco tenían en común salvo su nombre, siente inevitablemente que, por muy buena voluntad que en ello se ponga, se está agraviando la inteligencia y la ética de los muertos de ambos bandos, a quienes se desposee de sus propios anhelos y razones para convertirles en zombis inmolados en absurdo sacrificio a una común Madre-Patria, a una España complacida en “devorar su propia lechigada” cuya bandera no puede saberse si es la franquista, la republicana, la constitucional o un imposible híbrido de las tres.

Hay algo de grotesco en satanizar la guerra civil y santificar a la vez a quienes la hicieron rindiéndoles un homenaje conjunto, pues no hay en los hombres resorte psicológico alguno que permita la identificación simultánea con el asesinado y con el asesino, excepto si se insulta a la vez a ambos llamándoles locos y se elige, en consecuencia, entre privarles por ello de todo derecho a nuestro reconocimiento y homenaje o, por el contrario, concedérselo piadosamente al tiempo que blasfemamos contra la esquizofrénica y sádica Madre-Patria que provocó su antagónica locura. La piedad para con aquellos españoles muertos porque locos sólo podría ejercerse entonces renegando de España, no en su nombre, y el monumento a todos los caídos en la guerra civil quedaría así convertido, en contra de su proclamada intención, en un alegato contra la Nación.

Cabe sospechar con fundamento que cualquier modalidad de “memoria histórica” de la reconciliación de los dos bandos de la guerra civil española, lejos de ser fiel a la memoria individual de vencedores y vencidos, esté condenada a traicionarla y falsearla. Y ese es probablemente el precio inevitable de interponer entre las memorias individuales y la “memoria histórica” el filtro de la Ideología, el filtro de la Historia y su funcionalidad política, el filtro —especialmente— de la Historia Nacional y la Ideología Nacionalista.

Pero si eso ocurre con la memoria, no hay nada sin embargo que obligue a los historiadores, a las Universidades, editoriales y medios de comunicación a doblar y reforzar ese inevitable desajuste entre memorias individuales y “memoria histórica” —mucho mejor aceptado por los vencedores que por los vencidos, por los franquistas que por los resistentes al franquismo— con un conjunto injustificable de agravios añadidos a la memoria de los vencidos en la guerra civil y a la memoria de los resistentes al franquismo: el silencio historiográfico sobre ciertos episodios y fenómenos (como el maquis o la amplitud e intensidad de la represión franquista en la guerra y en la larga posguerra), la atención selectiva prestada a otros hechos más acordes con la imagen deseada de España (como la “modernización” económica y social bajo el franquismo) y la interpretación un tanto edulcorada y embellecida de la Monarquía y de las fuerzas políticas que jugaron un papel protagonista en la llamada “transición a la democracia”.

Nada hacía obligatorio o necesario el olvido historiográfico y mediático de unos españoles, con la consiguiente sordera e inatención a su memoria, ni la desmesurada y casi hagiográfica atención prestada a otros. Y sin embargo así ocurrió.

La memoria humana tiene la particularidad de ser mucho más sensible al dolor y al fracaso que al placer y el éxito: los momentos buenos se olvidan pronto y el recuerdo del dolor sufrido perdura mucho más que la memoria del dolor causado. Eso hace que el verdugo olvide o manipule su pasado con mucha más facilidad que la víctima, eso hizo que —después de la guerra civil española y la larga represión franquista— los vencedores y sus hijos, los represores y los privilegiados, olvidaran o manipularan ese duro y oscuro pasado mucho más fácilmente que los vencidos y sus hijos, que los oprimidos y los perseguidos, los torturados y encarcelados por el franquismo. Por eso los vencedores en la guerra y sus herederos políticos, los franquistas de dos o tres generaciones, vivieron con alivio y normalidad los olvidos historiográficos de los 80 y los 90, con tanta normalidad que algunos llegaron a creer y a defender que el pasado había sido así; pero por eso también las doloridas memorias individuales de los vencidos y de los antifranquistas se resistieron tenazmente a ese olvido y la rememoración de su pasado siguió disponible para el historiador que quisiera escucharla.

Lo que está ocurriendo en los últimos años en España no es que se esté recuperando la memoria , pues somos legión los que, desgraciadamente, nunca la perdimos porque era una memoria herida, humillada, dolorida. Lo que está ocurriendo es que los historiadores, las editoriales y los medios de comunicación están prestando atención a esas memorias nunca perdidas y que la investigación, conocimiento y relato de episodios, fenómenos, períodos y gentes hasta hace muy poco olvidados y preteridos está ingresando en la Historia .

Un buen ejemplo de esto es lo ocurrido con el maquis , con la resistencia armada al franquismo en la posguerra, cuyos miembros fueron inicialmente conocidos como “los huidos” porque su principal motivo para echarse al monte fue sobrevivir, huir del exterminio de rojos planificado por el franquismo. Algunos de los historiadores que comenzaron sus investigaciones hace décadas y que sólo recientemente han podido publicar sus libros han contado cómo algunos prestigiosos historiadores y autoridades académicas de la Universidad les desaconsejaban elegir ese tema como Tesis Doctoral, así como las dificultades “oficiales” de todo tipo a que su trabajo ha tenido que enfrentarse. Por fortuna, su perseverancia, finalmente recompensada por un creciente interés de los medios de comunicación y del público, les permitió rescatar a tiempo para la Historia muchas memorias individuales que sin su tarea se habrían olvidado irremisiblemente. Qué decida hacer o no hacer la mal llamada Memoria Histórica con esa Historia es ya otro cantar.

Lo que en los últimos años se está produciendo en España no es un cambio en las memorias, no es una rememoración de algo olvidado. Es un cambio en la Historia , en la actitud de los historiadores, de los políticos y de los medios de comunicación hacia hechos, personajes, episodios y fenómenos del pasado sobre los que durante el largo período llamado de “transición a la democracia” y hasta hace muy poco se prefería no fijar la mirada pública. Es un cambio en la Ideología , en la actitud ideológica con que se contempla, se analiza, se desvela, se disfraza, se encubre, se manipula o se oculta ese pasado, incluido el inmediato pasado —el período de “la transición”— que decidió ignorarlo.

En mi opinión, el reciente y creciente interés historiográfico y mediático por el período franquista, la guerra civil y la República —y en este punto enlazo el tema de la Historia con el de los Nacionalismos en España hoy — sólo puede entenderse en el marco del intento de regeneración ideológica del nacional-catolicismo español emprendido durante la última década por Aznar y los Gobiernos del PP. Y ese intento, por ahora medio frustrado, sólo puede entenderse sobre la base del notable éxito previo en la mitificación de la transición democrática, pues el olvido historiográfico y mediático del franquismo, la guerra civil y la República entre 1975 y finales de los 90 no es sino la otra cara de la leyenda de la transición.

Cuando hablo de mito o leyenda de la transición no me refiero sólo ni principalmente, aunque también, al “pacto de silencio” sobre el reciente pasado y sobre el mismísimo presente que todo el mundo acepta que existió. A lo que me refiero fundamentalmente es al mito historiográfico sobre el supuesto motivo político de ese “pacto de olvido”: la reconciliación de los españoles y su común voluntad de no hurgar en las heridas del pasado para evitar así el supremo mal de una guerra civil siempre acechante.

Afirma la leyenda que la moderación y madurez del pueblo español, cuyo correlato en la clase política fue la búsqueda incesante del consenso, permitió una transición ejemplar a la democracia que evitó a España la guerra civil y el crónico agonismo de los dos últimos siglos. Evitar a toda costa la repetición de la guerra civil habría sido, según la leyenda, la obsesiva voluntad del pueblo español y de los políticos de la transición.

Es posible que fueran muchos los que llegaron a creer en ese mito, pero lo cierto es que no hubo nunca, en el tercio final del siglo xx , ni el más ligero peligro de que se produjera en España nada ni remotamente parecido a la guerra civil. De lo que sí hubo un riesgo constante durante cerca de una década —riesgo que se hizo bien real el 23 de febrero de 1981— fue de golpe militar . En mi opinión, lo que ha pasado a la leyenda como temor al peligro de repetir la guerra civil no era, en realidad, sino miedo a ver repetido el “alzamiento” del 18 de julio, pánico a un Ejército golpista que marcó de modo muy claro los límites de lo que era políticamente posible: ese miedo y esos límites condicionaron poderosamente el consenso político en torno al reconocimiento de la Monarquía instaurada por Franco y en torno al texto de la Constitución de 1978, especialmente su Preámbulo.

Eso explica que en España hubiera una transición a la democracia (bajo la forma de una Monarquía Parlamentaria restaurada por segunda vez) y no, como hubo tras la guerra mundial en los otros tres países europeos con regímenes fascistas —Francia, Italia y Alemania— una recuperación de la democracia bajo la forma de restauración de la legalidad republicana. Y aunque, políticamente, la legitimación democrática a posteriori de la Monarquía Parlamentaria española sea absolutamente intachable, desde el punto de vista de la Historia , la necesidad ideológica de situar al Rey al margen y por encima de “las dos Españas” por fin reconciliadas y la necesidad política de no ofender ni enfadar a un Ejército mayoritariamente franquista decidido a ejercer su control y su tutela sobre el consenso de los políticos, obligaron a silenciar o falsear cualquier fenómeno o personaje histórico que tuviera una conexión directa o remota con la sublevación franquista y con la larga cadena de crímenes de la dictadura.

En la visión del pasado promovida por esa Desmemoria Histórica del período de la transición, sobre la imagen sincrónica de los dos bandos enfrentados en la guerra civil se fue superponiendo la imagen diacrónica de dos períodos históricos de signo opuesto, la República y la Dictadura franquista, de tal forma que el período anterior a la República, a la guerra civil y al franquismo, la Monarquía Española representada como eterna, aparecía fraudulentamente como imagen suprahistórica de la reconciliación de los dos bandos enfrentados en la guerra y la culpabilidad por el desencadenamiento de ésta —exonerados los monárquicos “de Centro”— se repartía entre republicanos y franquistas, entre la Izquierda y la Derecha, diluyéndose así la responsabilidad intransferible de la sublevación militar que la provocó y que la derecha democrática española ha tardado más de treinta años en condenar.

Esa imagen del pasado promovida por los interesados silencios de la transición se convirtió, durante los años de gobierno del pp , en ideología explícita defendida por historiadores de amplia difusión mediática que han canonizado y divulgado masivamente la tesis de que la guerra civil española comenzó con la revolución de Asturias de 1934 y que, por tanto, fue la Izquierda revolucionaria, con el psoe incluido, la principal causante de la misma.

La revisión histórica de la España de la primera mitad del siglo xx , realizada desde una descarada perspectiva de derechas, exculpatoria de la sublevación militar y embellecedora de un franquismo presentado como modernizador de España, ha sido, durante la última década, sólo uno de los ingredientes ideológicos del intento aznarista de regeneración simbólica del nacionalismo español.

La declarada voluntad de Aznar de “devolver a España al lugar que le corresponde” y volver a hacerla “una, grande y libre”, voluntad que le impulsó a formar parte de un “trío de las Azores” que parece un símbolo de la traslatio Imperii y que nunca ocultó su admiración por la Monarquía Hispánica de los Reyes Católicos y de los Austrias, ha tenido durante los años de gobierno del PP manifestaciones simbólicas de diverso tipo: desde algunas de carácter grotesco, como la boda principesca de su hija en El Escorial o el sainete bélico de Perejil, hasta otras de un maquiavelismo político de moralidad más que dudosa, como la desvergonzada utilización partidista del antiterrorismo y la conversión de las víctimas de eta en mártires de la unidad de España y de la Constitución para poder así proclamar su carácter sagrado e inmodificable.

En el terreno político, es digno de destacar que uno de los ingredientes de esta renovación ideológica del nacionalismo español haya sido un intento de devolverle a la Iglesia Católica su poder institucional y su papel privilegiado de educadora de los españoles, un intento de subirse a la ola de la Contrarreforma católica emprendida por Juan Pablo II de la mano del Opus Dei, los Legionarios de Cristo y Camino Neocatecumenal, un intento —en definitiva— por adaptar el viejo nacional-catolicismo español a los nuevos tiempos democráticos.

En el terreno historiográfico, además del ya citado revisionismo de la historia española contemporánea, cabe destacar la promoción mediática de numerosas biografías apologéticas de los Monarcas responsables de la pasada grandeza imperial de España, la reivindicación de la Reconquista y de la larga lucha de “España contra el Islam” como antecedente de la actual Cruzada de Bush contra el terrorismo islamista y, sobre todo, el énfasis patriótico en la antigüedad de España y en su inmemorial unidad, énfasis que llevó a un prestigioso historiador a escribir nada menos que una “Biografía de España” y que alcanzó su punto álgido en una serie de TVE titulada Memoria de España que comenzaba nada menos que con el Big Bang.

Es muy cierto que esta regeneración ideológica del nacional-catolicismo español en cuyo marco se inserta la citada historiografía patriótica es en buena medida, como lo fue también en parte en el pasado, una reacción a la creciente presión sobre el Estado central de los nacionalismos periféricos, especialmente del vasco y el catalán. La novedad de la situación actual de los nacionalismos en España es, en mi opinión doble:

•  En primer lugar, desde un punto de vista político, se ha producido un cambio paradójico. Durante la transición, el poder fáctico que a los nacionalistas españoles concedía la tutela militar del Estado iba acompañado del desprestigio ideológico del nacional-catolicismo franquista y del paralelo respeto que a los nacionalismos vasco y catalán, cuyo poder político se fue labrando lenta y costosamente, otorgaba su larga resistencia al franquismo. En la actualidad, el poder político de los nacionalismos vasco y catalán es un poder consolidado en sus respectivos territorios aunque su prestigio ideológico haya menguado notablemente, sobre todo el del nacionalismo vasco, seriamente afectado por su asociación simbólica con el terrorismo de eta , mientras que el nacionalismo español se ha liberado de complejos y se afirma sin vergüenza, aunque no disponga ya de un Ejército golpista como brazo ejecutor y el influjo social de la Iglesia católica se halle muy disminuido.

•  En segundo lugar, desde un punto de vista historiográfico e ideológico, los nacionalismos vasco y catalán, especialmente, y en menor medida el gallego, han sido objeto desde hace décadas de un intenso y escrupuloso análisis teórico y de una cuidadosa demolición crítica de sus mitos, lo cual hace que podamos disfrutar en la actualidad de un adecuado conocimiento de su historia, de sus variantes ideológicas, de sus objetivos y de sus estrategias políticas y nos permite una razonable prognosis acerca de su futuro. Sin embargo, el análisis crítico del nacionalismo español se halla, comparativamente, en pañales y buena parte de sus mitos constitutivos siguen gozando entre historiadores y científicos sociales de una vigencia que sin duda no merecen. Ello hace que carezcamos de fundamento analítico suficiente para contestar las dos preguntas con que voy a finalizar esta conferencia:

•  ¿Es quizá inevitable que cualquier intento de regeneración del nacionalismo español acabe configurándose con arreglo al molde ideológico pre-establecido del nacional-catolicismo franquista?

•  ¿Qué futuro político tiene el nacional-catolicismo aznarista sin un Ejército golpista dispuesto a salvar, en última instancia, la amenazada unidad de España y con una Iglesia Católica seriamente debilitada en su poder y en su influencia sobre las conciencias de los españoles?

La precondición de que podamos algún día contestar a estas preguntas es que perdure y se profundice el clima ideológico recientemente instaurado en España, cuya característica principal no es la recuperación de la memoria histórica sino el restablecimiento de la libertad de investigación histórica y del análisis político sin tabúes ideológicos ni tutelas militares.

 

* El último libro de Juan Aranzadi es Good-bye Eta (y otras pertinencias), San Sebastián, Hiria Liburuak, 2005. Anteriormente, publicó en dos volúmenes El escudo de Arquíloco: sobre mesías, mártires y terroristas , Madrid, Antonio Machado Libros, 2001.

En Archipiélago puede leerse: “Europa como refugio” (nº 12), “Algunas mistificaciones de la construcción de Europa” (nº14) y “El mito del 'exilio' etnográfico en la obra de Levi-Strauss” (nº 26-27).

© Juan Aranzadi, 2005. Este artículo ha sido publicado bajo una licencia Creative Commons. Reconocimiento-No comercial-Sin obra derivada 2.5 . Se permite copiar, distribuir y comunicar públicamente el texto por cualquier medio, siempre que sea de forma literal, citando la fuente y sin fines comerciales.

NOTAS

1. Éste es el texto de mi conferencia en el simposio “La cultura de la memoria. La memoria histórica en España y Alemania” organizado en Berlín, los días 26 a 29 de mayo de 2005, por el Instituto Cervantes y el Instituto Göethe.

 

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